Veo al cielo separarse en dos: la oscuridad y la luz. Es la luz la que penetra en la gruesa colcha de oscuridad y nubes que cubre la ciudad el día de hoy.
Pero no será un día hermoso. No. La simple exstencia de luz no basta para que un día sea hermoso. Y éste no lo será. No como aquellos días que precedieron a nuestro encuentro.
Ni siquiera será como el día de nuestro encuentro.
Ni será como otros días hermosos de nuestros otoños y primaveras en aquellas colinas y planicies.
No será ni como el más plano de aquellos largos senderos que a pedales y risas sobrevolamos.
Será un día como deba serlo, el día de hoy. Se me antoja que más parecido al amanecer de cualquier rutina mezclado con un fin de semana labriego. Será de esos días donde habrá que desterronar y desmalezar al futuro, donde la expectativa de una semilla se mezcla con la certeza de haberla plantado.
Será un día así. No hermoso sino para recordar brevemente, cuando la mente se aquiete lo suficiente y el futuro parezca presente pues el pasado, en ese momento, nos parecerá muy lejano.
Recuérdalo pues, cuando tengas la ocasiòn y el alma de ver otro día que no sea hermoso.
Acordes de realidad acompasados por la fantasía. De un tango a una balada, acá paseamos por lo posible y lo improbable...
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13 feb 2011
29 jul 2010
Carta a tí, que me dejaste aquí. Carta cuatro
Siempre te dió por hablarme en el silencio de la noche.
Todavía me acuerdo (¡¿cómo olvidarlo?!) el día de las teclas en la computadora.
¿Cómo olvidarlo?
Lo siento.
Todos estos años te he reprochado cosas. Te he acusado de más cosas.
No es que no fueras culpable de ellas. Pero las he antepuesto a las cosas bonitas que me regalaste.
Las he antepuesto, incluso, a lo que me enseñaste. O lo que se suponía que yo aprendiera contigo.
Aún, lo sé, no he visto todo lo que me dejaste.
Pero me acabo de dar cuenta que fuiste el único medio posible para que yo aprendiera las tantas cosas que debían convertirme en la que soy.
Incluso, a pesar de mi ignorancia.
No lamento tu partida. No puedo decir que la celebre tampoco. Pero vengo a darte las gracias hoy.
No, no vine sólo a reprocharte.
Sí, me heriste profundamente en más de una ocasión.
Y ni hablar de cuando me dijiste en el bautizo del disco de Jan por qué no querías bailar.
No voy a mencionarte las demás. Las otras. Las casi cotidianas.
No. No tiene sentido.
Prefiero recordar la cara de felicidad que ponías cuando yo encontraba suficiente abrigo en aquella horrorosa chaqueta marron que me regalaste.
O, quizás a tí también te guste recordarlo, cuando acariciaba tu entrecejo con cuidado. Me gustaba mucho esa parte de tu rostro. Era tan suave, tan pura, tan etérea.
Gracias.
Por haberme hecho reir tantas veces como me hiciste llorar. A ratos una, a otros tiempos la otra. Y por intercalarles sabidurías de las tuyas.
Por tus silencios que me empujaron a hablar tantas veces.
Por hablar. De más a veces. Sinceramente siempre. Con amargura a ratos. Con hastío sincero en otras. Con nostalgia y tristeza en otras más.
Por tenerme tanta confianza y saberme tan capaz de lidiar ocn cualquier obstáculo que me dejaste a mi bola y suerte en país ajeno y con idioma raro en más de una ocasión.
Por temer tanto por mí que me obligaste a cambiar mis maneras de ser para adaptarme mejor a mi entorno y ser más parecida a los demás.
Gracias. De verdad. Por haber sido como eras para empujarme a ser como soy.
Y por cuidar de mí a ratos, a veces, cuando me doy cuenta. Allá, donde quiera que estés.
Te mando un abrazo enorme, J.
Todavía me acuerdo (¡¿cómo olvidarlo?!) el día de las teclas en la computadora.
¿Cómo olvidarlo?
Lo siento.
Todos estos años te he reprochado cosas. Te he acusado de más cosas.
No es que no fueras culpable de ellas. Pero las he antepuesto a las cosas bonitas que me regalaste.
Las he antepuesto, incluso, a lo que me enseñaste. O lo que se suponía que yo aprendiera contigo.
Aún, lo sé, no he visto todo lo que me dejaste.
Pero me acabo de dar cuenta que fuiste el único medio posible para que yo aprendiera las tantas cosas que debían convertirme en la que soy.
Incluso, a pesar de mi ignorancia.
No lamento tu partida. No puedo decir que la celebre tampoco. Pero vengo a darte las gracias hoy.
No, no vine sólo a reprocharte.
Sí, me heriste profundamente en más de una ocasión.
Y ni hablar de cuando me dijiste en el bautizo del disco de Jan por qué no querías bailar.
No voy a mencionarte las demás. Las otras. Las casi cotidianas.
No. No tiene sentido.
Prefiero recordar la cara de felicidad que ponías cuando yo encontraba suficiente abrigo en aquella horrorosa chaqueta marron que me regalaste.
O, quizás a tí también te guste recordarlo, cuando acariciaba tu entrecejo con cuidado. Me gustaba mucho esa parte de tu rostro. Era tan suave, tan pura, tan etérea.
Gracias.
Por haberme hecho reir tantas veces como me hiciste llorar. A ratos una, a otros tiempos la otra. Y por intercalarles sabidurías de las tuyas.
Por tus silencios que me empujaron a hablar tantas veces.
Por hablar. De más a veces. Sinceramente siempre. Con amargura a ratos. Con hastío sincero en otras. Con nostalgia y tristeza en otras más.
Por tenerme tanta confianza y saberme tan capaz de lidiar ocn cualquier obstáculo que me dejaste a mi bola y suerte en país ajeno y con idioma raro en más de una ocasión.
Por temer tanto por mí que me obligaste a cambiar mis maneras de ser para adaptarme mejor a mi entorno y ser más parecida a los demás.
Gracias. De verdad. Por haber sido como eras para empujarme a ser como soy.
Y por cuidar de mí a ratos, a veces, cuando me doy cuenta. Allá, donde quiera que estés.
Te mando un abrazo enorme, J.
6 may 2010
Carta a tí que me dejaste aquí. Carta 4
Te quiero sacar a empellones de mi vida, mierda, y cada vez que lo intento, se me sale por los lados el sentir que aún te temo.
Temo que te me aparezcas materializado en "la próxima vez"...
Te escribo al borde de las horas. Con el borde de los párpados ardiéndome y molestándome. Con el cuerpo brotado de escamas y mi patética recuperación mellada.
Sí, mellada. Cada vez que viene a mí la ocasión de cortar con todo el pasado, con todo loq ue tú representaste, con todo lo que nos representamos en mi mente, zafo. Me amello. Me trabo. Me desaparezco.
Antes de qu eme alcancen, ya me he ido.
Me he vuelto la rebelde potranca del establo. Soy altiva, orgullosa, sé lo que valgo. Pero por la soberbia de mi primer jinete, que me maltrató, ahora deambulo por el corral a mis anchas y mis bríos, sin encontrar jinete que me dé la vuelta y de a pocos no sólo me eche la soga al cuello sino que me monte la silla.
Sí, soy una inquieta potranca de gran alzada, de fino linaje, de bellas crines, de claros ojos y enormes miedos. No sólo al fuego, no sólo a los perros en jauría, también al hombre que se aparece con un lazo, con una brida, con una silla. A cualquiera.
Y cada vez que creo que te he sacado de mi lista de miedos, te vuelves a manifestar.
Cada vez de forma más sutil, de formas más menudas. Pero te vuelves a manifestar.
Ahora te volviste escamas en mi piel. Mierda! Escamas. Como si fuera un animal con branquias!
Te escribo al borde de las horas y desde el centro de mi desesperación: enséñame el camino para deslastrarme de tí, carajo!
Porque sí, porque quiero vivir sin tanto peso. Porque me merezco ser otra vez el centro de atención para un jinete que se ilusione, que sienta que me merece, y que se ocupe de cuidarme, acicalarme, y alimentarme. Quiero ser parte grande de las felicidades de su vida y que él sea una de las grandes felicidades de la mía.
Y no puedo por tu peso, por tus indiferencias, por tus sonrisas, por tus abrazos, por tus cejas, por tu fragilidad para tantas cosas, por tu ira para con tantas otras, por tus ojos y tu desprecio.
Te aprecio por lo que no te odio. Te detesto por lo que nunca pensé que fueras. Te admiro por la simpleza con que horadaste tan profundamente en mi ser...
... y debería sorprenderme de conservarte, aún, tan dentro de mí.
Sé, oh genio de la lámpara, que sólo yo puedo liberarte. Ya probé con el arte, como Aladino con el trozo de tela. Ya probé con terapeutas, como otros probarón con los golpes a la lámpara de aceite. Pruebo con la escritura a ver si así, genio de todos mis pesares, sales de la lámpara y libre de toda condena te vas. Porque el único deseo que te voy a pedir será ese.
Tan pronto puedas, tan pronto quieras, hazme saber cómo sacarte d emi vida de una buena vez...
Temo que te me aparezcas materializado en "la próxima vez"...
Te escribo al borde de las horas. Con el borde de los párpados ardiéndome y molestándome. Con el cuerpo brotado de escamas y mi patética recuperación mellada.
Sí, mellada. Cada vez que viene a mí la ocasión de cortar con todo el pasado, con todo loq ue tú representaste, con todo lo que nos representamos en mi mente, zafo. Me amello. Me trabo. Me desaparezco.
Antes de qu eme alcancen, ya me he ido.
Me he vuelto la rebelde potranca del establo. Soy altiva, orgullosa, sé lo que valgo. Pero por la soberbia de mi primer jinete, que me maltrató, ahora deambulo por el corral a mis anchas y mis bríos, sin encontrar jinete que me dé la vuelta y de a pocos no sólo me eche la soga al cuello sino que me monte la silla.
Sí, soy una inquieta potranca de gran alzada, de fino linaje, de bellas crines, de claros ojos y enormes miedos. No sólo al fuego, no sólo a los perros en jauría, también al hombre que se aparece con un lazo, con una brida, con una silla. A cualquiera.
Y cada vez que creo que te he sacado de mi lista de miedos, te vuelves a manifestar.
Cada vez de forma más sutil, de formas más menudas. Pero te vuelves a manifestar.
Ahora te volviste escamas en mi piel. Mierda! Escamas. Como si fuera un animal con branquias!
Te escribo al borde de las horas y desde el centro de mi desesperación: enséñame el camino para deslastrarme de tí, carajo!
Porque sí, porque quiero vivir sin tanto peso. Porque me merezco ser otra vez el centro de atención para un jinete que se ilusione, que sienta que me merece, y que se ocupe de cuidarme, acicalarme, y alimentarme. Quiero ser parte grande de las felicidades de su vida y que él sea una de las grandes felicidades de la mía.
Y no puedo por tu peso, por tus indiferencias, por tus sonrisas, por tus abrazos, por tus cejas, por tu fragilidad para tantas cosas, por tu ira para con tantas otras, por tus ojos y tu desprecio.
Te aprecio por lo que no te odio. Te detesto por lo que nunca pensé que fueras. Te admiro por la simpleza con que horadaste tan profundamente en mi ser...
... y debería sorprenderme de conservarte, aún, tan dentro de mí.
Sé, oh genio de la lámpara, que sólo yo puedo liberarte. Ya probé con el arte, como Aladino con el trozo de tela. Ya probé con terapeutas, como otros probarón con los golpes a la lámpara de aceite. Pruebo con la escritura a ver si así, genio de todos mis pesares, sales de la lámpara y libre de toda condena te vas. Porque el único deseo que te voy a pedir será ese.
Tan pronto puedas, tan pronto quieras, hazme saber cómo sacarte d emi vida de una buena vez...
3 feb 2010
Carta a tí que me dejaste aquí. Carta 3
Se me desgastó la mano de acariciarte.
Y supedité mis deseos a tus acciones.
Se me ocurrió intentar convencerte de amarme.
Pero sólo sabías quererme. Y a tu manera.
Salí entonces al patio.
Ví, extendida, como en una mesa, servida de cena, la luna y las estrellas.
Se me salieron las lágrimas y se deslizaron, cuesta abajo todas mis ideas.
Tomé dos de ellas, aquellas con las que podía vivir.
Y regresé a la casa. Y no hablé de ellas.
Esa noche me las comí, untadas de esperanza y salpicadas de ilusión.
Fui a la cama a dormir. Acompañada de tí, pero no contigo.
Y soñé que era una niña, y que jugaba y decía cosas.
Pero en ninguna frase decía que estaba rota.
En pedazos, fragmentada. Ausente de mí y de mis nostalgias.
Supeditada a tí y a tus calmas.
Anclada a tí y a tus desganas.
Me fui anulando, entumeciendo, desengañando.
Y un día, harta, dispuesta a todo menos a cortar mis alas, me fui volando lejos, fuera de esa casa.
Me fui lejos, tanto como tu mirada.
Y me volví esta que soy ahora: la muñeca de vida rota y cara alegre que transita a ratos por una cuerda floja, y casi siempre con la esperanza hecha vida en su boca loca.
Y supedité mis deseos a tus acciones.
Se me ocurrió intentar convencerte de amarme.
Pero sólo sabías quererme. Y a tu manera.
Salí entonces al patio.
Ví, extendida, como en una mesa, servida de cena, la luna y las estrellas.
Se me salieron las lágrimas y se deslizaron, cuesta abajo todas mis ideas.
Tomé dos de ellas, aquellas con las que podía vivir.
Y regresé a la casa. Y no hablé de ellas.
Esa noche me las comí, untadas de esperanza y salpicadas de ilusión.
Fui a la cama a dormir. Acompañada de tí, pero no contigo.
Y soñé que era una niña, y que jugaba y decía cosas.
Pero en ninguna frase decía que estaba rota.
En pedazos, fragmentada. Ausente de mí y de mis nostalgias.
Supeditada a tí y a tus calmas.
Anclada a tí y a tus desganas.
Me fui anulando, entumeciendo, desengañando.
Y un día, harta, dispuesta a todo menos a cortar mis alas, me fui volando lejos, fuera de esa casa.
Me fui lejos, tanto como tu mirada.
Y me volví esta que soy ahora: la muñeca de vida rota y cara alegre que transita a ratos por una cuerda floja, y casi siempre con la esperanza hecha vida en su boca loca.
8 nov 2009
Carta a tí, que me dejaste aquí
Miedo.
Tengo miedo.
A todo. A todos.
La culpa es mía, por haberte confiado ciegamente mi vida y mi corazón.
Pero si yo soy culpable por haber pecado de ingenua, tú eres culpable por haberme engañado.
Me engañaste. Me mentiste. ¿O lo vas a negar?
Es que, ni aún estando allá, donde quiera que estés, me lo puedes negar.
Inocente y pletórica te entregué mi corazón.
Te dí mis ilusiones.
Te entregué mis sueños y mis anhelos.
Ofrendé, en el altar dedicado a tu amor, mi familia, mi carrera, mis afectos, mis amigos, mis recuerdos, mis tristezas y mis alegrías y decidí hacer de tu vida un jardin de flores para que sonrieras todos los días.
Y no sólo no sonreiste ni un solo día a causa de mis ternuras, mis sonrisas o mis esfuerzos por ser una buena mujer para tí...
... sino que te dedicaste a despreciar todos y cada uno de mis regalos y a destruir todas y cada una de mis ilusiones, y me arrastraste a un horrible callejón de miseria y resignación donde, de no ser por lo que de mí vi al compartir con mi familia, me habría inmolado en nombre de mi mediocridad y mi falta de valía para ser lo que aspirabas que fuera tu esposa.
Jugaste con mis sentimientos cuando diste el sí.
Jugaste con mis sentimientos antes, mucho antes, cuando te metiste en la casa de mi familia y mancillaste su ingenuo desespero, cuando les juraste que velarías bien por mí.
Te burlaste de la confianza que mis viejos pusieron en tus manos.
Te revolcaste en mi dolor y mis cansadas lágrimas.
Y, de paso, te deslastraste de tu agobio cuando me dijiste en aquel baile que no habrías de bailar conmigo esa pieza, en nombre de los pequeños recuerdos de mi matriomonio contigo "porque eso era cuando éramos novios, que bailaba contigo para hacerte feliz y enamorarte, ahora estamos casados y eso no importa".
Infeliz de mierda. ¿Qué carajos te creiste?
¿Que eras mi dueño?
¿Que me quedaría contigo a pesar de las migajas de amor que de tí había recibido en el pasado?
Porque eso, en ese momento, no era amor.
Y fuiste tan cobarde, tan mísero, tan egoista siempre, que cuando te diste cuenta de lo que yo valía, te habías muerto.
Te agradezco lo que hiciste por mí en ese momento. Y luego. Pero no puedo olvidar todo lo que me hiciste y todo lo que por tí sufrí.
Así, hoy tengo miedos.
Vivo en el horror de la repetición, un infierno sutil del que no se conoce límites ni recuperación posible.
Creo que en cualquier historia de amor se pueden repetir las mentiras.
Creo que cualquiera luego de tí puede venir a lastimarme. De la forma que sea.
Si alguien me propusiera matrimonio, me echaría a llorar y temblar porque siento que todo el mundo cambia luego de casarse.
No puedo ver con buenos ojos a nadie que se acerque inflamado de amor a mi vera... pues siento que son lisonjas para obtener algo de mí.
Me he llenado de miedos y de dolores porque tú me engañaste por años y me hiciste llorar noches y días.
Temo tanto, que antes de que se me acerquen, los espanto.
Y al decirme cualquier frase de amor sonrío, buscando afiebradamente en el fondo de sus ojos, si es verdad o mentira.
Ahora me toca enmendar la ruta, corregir el camino. Necesito enterrarte en todo sentido. Llegó mi hora.
No sé si esta carta te llegue. No sé si eres tú el que, por medio de mensajeros, me hagas pensar que es hora de deslastrarme de todo.
Pero estoy clavada en el piso por diez espadas distintas, diez miedos diferentes.
Tengo miedo a que me digan que me aman.
Tengo miedo a que hagan planes conmigo. Planes serios.
Tengo horror a casarme.
Tengo pavor a engendrar familia.
Tengo miedo a mudarme a otro hogar.
Tengo miedo a quedarme sola.
Tengo pavor a no saber nunca qué se siente criar a un hijo. Y será varón, lo sé.
Tengo horror a entregar mis sentimientos a otros.
Tengo pavor a ver mi intuición anulada por algún cupidismo estúpido.
Tengo terror a sentir que mi lógica me abandona y mi corazón late más aceleradamente de lo que debe.
Te odio, sin saber si es odio lo que siento...
... o si es puro miedo y, como criatura asustada, metida en la cueva, tiro dentelladas y zarpazos a todo aquel que quiere acercarse a curarme las heridas.
Tengo miedo.
Miedo a ser feliz. Inmensamente feliz. ¡Qué ironía, ¿no?!
Y lloro por la desesperación de no saber qué hacer con mis miedos...
Y lloro... sin saber si así sacaré todo lo que hoy me causa este dolor.
Tengo miedo.
A todo. A todos.
La culpa es mía, por haberte confiado ciegamente mi vida y mi corazón.
Pero si yo soy culpable por haber pecado de ingenua, tú eres culpable por haberme engañado.
Me engañaste. Me mentiste. ¿O lo vas a negar?
Es que, ni aún estando allá, donde quiera que estés, me lo puedes negar.
Inocente y pletórica te entregué mi corazón.
Te dí mis ilusiones.
Te entregué mis sueños y mis anhelos.
Ofrendé, en el altar dedicado a tu amor, mi familia, mi carrera, mis afectos, mis amigos, mis recuerdos, mis tristezas y mis alegrías y decidí hacer de tu vida un jardin de flores para que sonrieras todos los días.
Y no sólo no sonreiste ni un solo día a causa de mis ternuras, mis sonrisas o mis esfuerzos por ser una buena mujer para tí...
... sino que te dedicaste a despreciar todos y cada uno de mis regalos y a destruir todas y cada una de mis ilusiones, y me arrastraste a un horrible callejón de miseria y resignación donde, de no ser por lo que de mí vi al compartir con mi familia, me habría inmolado en nombre de mi mediocridad y mi falta de valía para ser lo que aspirabas que fuera tu esposa.
Jugaste con mis sentimientos cuando diste el sí.
Jugaste con mis sentimientos antes, mucho antes, cuando te metiste en la casa de mi familia y mancillaste su ingenuo desespero, cuando les juraste que velarías bien por mí.
Te burlaste de la confianza que mis viejos pusieron en tus manos.
Te revolcaste en mi dolor y mis cansadas lágrimas.
Y, de paso, te deslastraste de tu agobio cuando me dijiste en aquel baile que no habrías de bailar conmigo esa pieza, en nombre de los pequeños recuerdos de mi matriomonio contigo "porque eso era cuando éramos novios, que bailaba contigo para hacerte feliz y enamorarte, ahora estamos casados y eso no importa".
Infeliz de mierda. ¿Qué carajos te creiste?
¿Que eras mi dueño?
¿Que me quedaría contigo a pesar de las migajas de amor que de tí había recibido en el pasado?
Porque eso, en ese momento, no era amor.
Y fuiste tan cobarde, tan mísero, tan egoista siempre, que cuando te diste cuenta de lo que yo valía, te habías muerto.
Te agradezco lo que hiciste por mí en ese momento. Y luego. Pero no puedo olvidar todo lo que me hiciste y todo lo que por tí sufrí.
Así, hoy tengo miedos.
Vivo en el horror de la repetición, un infierno sutil del que no se conoce límites ni recuperación posible.
Creo que en cualquier historia de amor se pueden repetir las mentiras.
Creo que cualquiera luego de tí puede venir a lastimarme. De la forma que sea.
Si alguien me propusiera matrimonio, me echaría a llorar y temblar porque siento que todo el mundo cambia luego de casarse.
No puedo ver con buenos ojos a nadie que se acerque inflamado de amor a mi vera... pues siento que son lisonjas para obtener algo de mí.
Me he llenado de miedos y de dolores porque tú me engañaste por años y me hiciste llorar noches y días.
Temo tanto, que antes de que se me acerquen, los espanto.
Y al decirme cualquier frase de amor sonrío, buscando afiebradamente en el fondo de sus ojos, si es verdad o mentira.
Ahora me toca enmendar la ruta, corregir el camino. Necesito enterrarte en todo sentido. Llegó mi hora.
No sé si esta carta te llegue. No sé si eres tú el que, por medio de mensajeros, me hagas pensar que es hora de deslastrarme de todo.
Pero estoy clavada en el piso por diez espadas distintas, diez miedos diferentes.
Tengo miedo a que me digan que me aman.
Tengo miedo a que hagan planes conmigo. Planes serios.
Tengo horror a casarme.
Tengo pavor a engendrar familia.
Tengo miedo a mudarme a otro hogar.
Tengo miedo a quedarme sola.
Tengo pavor a no saber nunca qué se siente criar a un hijo. Y será varón, lo sé.
Tengo horror a entregar mis sentimientos a otros.
Tengo pavor a ver mi intuición anulada por algún cupidismo estúpido.
Tengo terror a sentir que mi lógica me abandona y mi corazón late más aceleradamente de lo que debe.
Te odio, sin saber si es odio lo que siento...
... o si es puro miedo y, como criatura asustada, metida en la cueva, tiro dentelladas y zarpazos a todo aquel que quiere acercarse a curarme las heridas.
Tengo miedo.
Miedo a ser feliz. Inmensamente feliz. ¡Qué ironía, ¿no?!
Y lloro por la desesperación de no saber qué hacer con mis miedos...
Y lloro... sin saber si así sacaré todo lo que hoy me causa este dolor.
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