
¿Cuan autoindulgente puede resultar el disfrutar de un delicioso tazón de arroz cocido?
No lo sé, pero a mí me da una sensación de placidez, de cosa fácil de comer y rica en recuerdos menudos, recuerdos llenos de infancia y seguridad.
¿Cuán hedonista puede resultar el que me guste así, simple, blanco, con un puntito de sal y un poquito pasado de cocción?
Sí, blanco, sin más nada. Así me gusta.
Tanto como me gusta dormir con cansancio. Y bien arropadita.
O beber con sed. Y a temperatura ambiente, ni frío ni caliente sino tibio o a temperatura ambiente.
O comer con hambre y sin desesperos o apuros.
No sé si sea hedonista. O sibarita. Ni siquiera sé si sea una especie de lujo estrafalario.
Sólo sé que aprecio mejor las cosas cuando no las tengo, cuando las necesito.
Como aprecio el querer. Como aprecio el olvido. Y los reposos y los hastíos.
Y todas las cosas largas y lentas que te brindan reposo y abrigo.
Como te extraño a tí, cuando no estás conmigo.