6 feb. 2012

Uno y otra: la cafetera de hierro al pie de la escalera

Tras el porche con las vides que aún se mecen al sol, entre lilas marchitas y mechones de abrojos, se encuentra la que fuera la casa de mi abuela. Vuelvo a la casa de mi abuela a pie, luego de tantos años sin querer reunir el valor para subir esa colina cuyo camino de tierra se ha ido cubriendo de grama, abrojos y yerbajos.

Quiero conservar intactos los recuerdos que de ella y su casa tengo. Venir ha sido más una decisión impuesta que un gusto de recrearme entre sus pequeños tesoros y sus objetos cotidianos. La venta del terreno hace que alguien se atreva a ir con el perito, el asistente del perito y algún representante legal (yo) para establecer los mojones del terreno y sacar las medidas reales del terreno que, en mi mente, resulta enorme y fecundo.

Me opongo a subir la cuesta en carro. Alego deslizamientos del terreno y necesidad de hacer una calzada apropiada. En realidad no quiero pisotear ni manchar los recuerdos de las visitas a casa de mi abuela y lo que de ellas saco aún a pasear en mis ratos de tristeza o desconsuelo. Asociada a esa colina, unida a ella, está la imagen del Maverick verde de mi tío o el Impala azul de mi papá que subían dando suaves botes de un lado a otro con las 3 ó4 piedras que obstaculizaban parcialmente lo que era una subida polvorienta pero tranquila.

Me consideran exageradamente prudente. Insisto. No se oponen. Parezco saber bien de qué hablo y se cargan el equipo al hombro. Me ofrezco a ayudar si así quisieran pero no, el burro de carga serán el perito topógrafo y, especialmente, su asistente. Imberbe, imprudente, parece en efecto una mula de carga y no una gente alfabetizada y con estudios en curso en una universidad. El sol brilla y sopla una brisa fresca. Todo está dado para una de esas tardes donde corríamos alegremente por el patio con la única precaución de no dañarle las hortensias a mi abuela. El clima las hacía crecer del tamaño de un brócoli o un repollo y eran el orgullo de ella y la tentación nuestra: provocaba recostarse sobre esas mullidas esferas de azules, violetas y verdes pasteles que contrastaban claramente con la grama verde apretujada y oscura.

Qué soledad tan grande. Qué aridez sempiterna tan extraña para mí, tan ajena a mis recuerdos. Sacudo la cabeza a un lado, como si el sol me impactara a través de un reflejo y me cegara la vista. El perito me pregunta si estoy bien y respondo que sí. Se me agolpan las lágrimas en los ojos y saltan a mis manos las ganas locas de morder una de las tostadas de pan integral y ricotta con limón que nos preparaba mi abuela para merendar: luego de sufrir 4 conatos de infarto antes de vivir realmente un infarto, mi abuela se dejó de tonterías y se volvió el ser más sano del mundo en cuanto a alimentación se refería. Mis hermanos y yo crecimos en un ambiente donde, a mis 9 años, nos volvimos "alimenticiamente cardiópatas", aunque mi abuelo se lamentara a escondidas, por lo bajo y en secreto con mis padres y mis tíos. A presente, en mi adultez, no extraño las frituras, los aceites, la mayonesa ni los azúcares.

La cafetera de hierro al pie de la escalera. Otro recuerdo de convivencia de mis abuelos que me roba el aliento y me atraganta las lágrimas. Aprovecho que el par de seres que vinieron conmigo se disputan en el jardín para las medidas y demarcación de los linderos de la propiedad. "La bienhechuría", como llaman a la casa de mi abuela estos animales y los hijos de puta de los abogados, no entra en el documento pues será demolida. Demolida. Y justo a mí me tocó vivir la doble demolición: la de mis recuerdos por culpa de mis ojos y lo que ellos registran y la de la propiedad a manos de unos seres que más parecen Trolles que viven en la oscuridad y se regocijan del dolor de otros.

Me preguntan 2 idioteces. Puesto que sostengo un par de zapatos de madera que eran de mi abuelo y que me enjugo lágrimas con el hombro de mi camisa, el perito regaña al imberbe de su ayudante y, de un golpecito en la cabeza, lo manda a salir, enfatizando que nada de lo que él pudiera dudar debía preguntármelo a mí, sino a él, su autodefinido maestro y mentor.

A mí, como a mi abuelo, se me da la mala maña , según mi mamá, de perfumarme cuando me provoca, a lo largo del día, y no antes de salir de casa. De hecho, puedo pasar días sin tocar un perfume y de repente, en medio de alguna labor doméstica, decido que voy a ponerme tal perfume. Y no otro. Son no menos de 7 y es el que en ese momento me provoque. No otro. La colección de mi abuelo incluía 13 perfumes, según cuento ahora. Voy por buen camino.

Como a mi abuela, se me da la mala maña, según mi papá, de casar a un objeto con un recuerdo. El ver tantos recuerdos desperdigados por ahí, me hace querer salir corriendo y, como en mi infancia, refugiarme en la mata de mangos a la que me subía con la ayuda de mi hermano mayor. Pero es inútil: hace años que se secó, que se murió y que con ella mis recuerdos se llevó. Es un poco como todo lo demás en la casa: no necesité nunca de ningún objeto de éstos para poder hacer memoria y evocaciones especiales de nada en la vida de mi abuela.

Ante este pensamiento revelador, suelto la cafetera de hierro que estaba al pie de la escalera: no quiero que se vaya a mi casa y que lo que con ella asocio quede mutado a un simple "ese fue el único objeto que se salvó de la demolición de casa de la abuela". Inicio el descenso muda, con los ojos rojos, asintiendo a los comentarios sobre el calor y el sol brillante que hacen el perito y su ayudante entre sí. Subo a la camioneta que dejaron al pie de la colina y emprendo el camino de regreso a mi cotidianidad, en este presente que mi abuela no se imaginó perder y no creyó no vivir.

3 comentarios:

3rn3st0 dijo...

Que congoja, recuerdos del pasado, un pasado que desaparecerá luego de la demolición... Mi casa en Pedregal fue la imagen que se me vino a la mente. Cardones, tunas, los cujíes, plantas todas de paisajes desérticos pero llenos de vida y sobretodo, paisajes de mi infancia, cuando cazaba cardenales y chuchubes con Héctor mi vecino y mejor amigo. No sé si esa casa seguirá en pie, pero si sé que esos recuerdos siempre vivirán en mi, aún cuando la demolición del tiempo se empeñe en destruirlos.

Gracias por tan hermoso relato Lulú, de verdad gracias =')

jotheoui dijo...

Gracias Laura leerte es siempre tan interesante.
me gusta mucho leerte
muy intenso y claro los recuerdos del siglo pasado porq somos de los setenta o ochenta pues ya se hacen lejos en la historia pero no en los corazones

Yo NO SOY Cindy Crawford!! dijo...

Yo me la hubiese llevado. Al menos sería un recuerdo palpable