14 jun. 2009

Vivir en un carro

Perdí la memoria de cuando comencé a rodar en vez de andar. Fue poco después de levantarme, antes de que siquiera se asomara el sol, creo. Pero también podría ser poco después de salir del trabajo, antes de que se pusiera el sol. El hecho es que en algún punto de mi pasado empecé a cambiar mis piernas por mis posaderas y a acostumbrarme al espacio que había en mi carro.

Era fácil, simplemente era cuestión de preveer las cosas un poco: salía de mi casa 2 horas antes de la hora pautada para entrar al trabajo simplemente porque el tráfico en la autopista era infernal. Y sabía que el regreso para mi casa me tomaría 2 horas de viaje. ¿Qué se hace en 4 horas de un día? Nada que implicara agua, jabón ni las dos manos al mismo tiempo en la misma cosa, pero ciertamente habían muchas opciones. Y poco a poco fui analizando los recursos con los que contaba y las cosas que podía hacer.

Esa fue la época en la que leía la prensa sin soltar el volante. Dos líneas, acelerador, cambio a primera y freno. Tres o cuatro líneas, cambio a primera, acelerador y freno. Y así todo el tiempo. Luego me dí cuenta que era un tanto arriesgado y que bien podía enterarme de lo que decía la prensa por los resúmenes de la radio. Así que ese tiempo precioso lo invertí de otra forma: arreglar la agenda y llamar a los clientes mientras en la radio sonaban las noticias....

Luego me dí cuenta de que esperar hasta llegar a la oficina, era innecesario: podía desayunar en mi carro. Llevaba mi vianda de comida y mientras organizaba la agenda, aceleraba y engullía un bocado de mi sandwich, podía seguir el reporte, en tiempo real, del tráfico. TErminado el desayuno, antes de que fueran las 9 am, ya empezaba a llamar a mis clientes. Mi eficiencia para llamarlos tan temprano los sorprendía. Mis negocios aumentaron porque me sentían altamente responsable.

En la tarde, al regresar a casa, solía esperarme a llegar a la casa para poder cenar, pero luego me dí cuenta que también era innecesario. Además, esperar con hambre en una tranca de automóviles que no aceleran porque les toques más o menos la corneta, no era mi ideal de terminar una jornada en paz y con calma. Así que empecé a preparar una vianda para la cena y comía mi cena en el carro, oyendo los noticieros del día... o mi música preferida cuando todo se me hacía muy agobiante. A veces empezaba a adelantar el trabajo de organizar la agenda del día siguiente, para desayunar con más calma, empezar el día con más energía, más alegría, más entusiasta.

El asunto de almorzar seguía siendo álgido. Algunos clientes querían almorzar conmigo y no siempre se puede disponer de una vía libre para llegar a tiempo a un almuerzo 5 kms más allá. Tampoco se puede manejar una bicicleta porque ningún carro te da paso, en el mejor de los casos. Esta ciudad se volvió hostil con los ciclistas hace muchos años. Los peatones se están volviendo hostiles con los carros... o indiferentes. Pero un ciclista no puede hacer lo mismo. Yo les doy paso, los corneteo para darles aliento y apoyo: me parecen guerreros modernos. No tengo valor para imitarles y, de paso, con mi físico, llegar en mallas de ciclismo, puede parecer poco serio por malinterpretaciones del tipo "me querrá seducir"? Así que, para evitar la presión de los clientes que querían almorzar conmigo y yo no podía satisfacer, opté por utilizar argumentos de mi recién adoptado estilo de vida "slow down life": si me desayuno con calma, si ceno con calma, si bailo en las colas, ¿por qué no puedo almorzar con calma? ¿Y por qué tengo que merendar sola? ¡Mejor le cambio al cliente el almuerzo por una merienda!

Y así hice. En cuestión de días me encontraba con clientes sonrientes, diciendo que mi estilo de vida me había sentado bien, que se me veía saludable y sonriente, que les contara el secreto... y que qué bien les hacía volver a merendar así, con el sentido de hacer algo práctico pero de una manera relajada, no con prisas en la oficina, en ese mismo espacio gris.

Empecé por darles tips de mi recién hallada felicidad. Luego me pedían que les manejara sus agendas para enseñarles cómo organizar sus vidas de manera que siempre tuvieran un huequito para ellos, para encontrarse con sus "yo" perdidos en el tiempo y el espacio de años de oficina. Los puse a pasear por parques, a ir a clases de tae-bo, a terapias holísticas, a masajes sacro-craneales, a drenajes linfáticos. Pronto me vi inmersa en clases de cocina para asesorar a mis clientes sobre la manera de preparar una vianda que no se les revolviera, desordenara ni terminara vertiéndolo todo por todas partes...

Luego me dí cuenta de que nuestros negocios seguían siendo agenda de la cotidianidad, pero en la reunión con X cliente me llamaba Y cliente para preguntarme si cambiar su reunión de las 10am por las de las 3 pm no le resultaría más beneficiosa para enfrentar el día con menos fatiga porque lo estresaba más el cliente de las 3 que el de las 10 am...

Así, las opciones de seguir con mis propuestas con el cliente X se veían súbitamente interrumpidas por mi frenética búsqueda de la agenda del cliente Y, para poder verificar el cambio que me planteaba y anotar el dato en mi borrador de su agenda. Eso sucedía en casi todas las reuniones y un cliente un día lo notó y me lo hizo ver socarronamente: "deberías dedicarte a organizar agendas"...

... y así hice. Empecé por la de él. Si iba a perder algún cliente, que fuera él, por bocón. El hombre quedó encantado, su mujer quería conocerme para que le organizara su agenda y para que hiciera tiempo en las agendas de ambos para que pudieran vverse y salir, románticamente, como hace años que no hacían...

Luego la voz se corrió porque a un cliente lo atendí, distraidamente, y cuando me preguntó que qué estaba haciendo, le comenté que estaba arreglando la agenda de la esposa de otro cliente para que pudiera encontrarse con su esposo para ir a cenar. Se quedó encantado con la idea y me entregó su agenda. Y luego otro cliente hizo lo mismo, y me entregó la de su esposa....

Eran diez ex-clientes de publicidad que seguían siendo clientes. Ya no tenía que moverme de casa para organizarles las agendas, todos los cambios los hacía por la computadora a través del correo-e y al llegar a su oficina ya tenían en sus manos la agenda. Bien sea por la computadora, bien por la agenda-teléfono de bolsillo, bien por la secretaria al celular. Y además de esos diez clientes que ahora eran "clientes de agenda", tenía 7 clientas más. Económicamente no me iba mal.

Empezó mi fama a hacerse tan grande que me llegaban llamadas por todas partes, desde todas partes, para que les organizara las agendas a los gerentes y cerebros comerciales más grandes y reputados del país. Podía cobrar lo que quisiera, podía decir que no tenía disponibilidad e igualmente seguían llamándome, rogándome que les hiciera un hueco en mi agenda para que les organizara la agenda.

Tenía una cocinera y un ama de llaves en el nuevo departamento que logré comprarme con todo lo que gané en ese año de trabajo más la venta de mi antiguo apartamento. Logré cambiar de carro al cabo de 6 meses más y recibía a mi entrenador personal en casa porque ya no me daba tiempo de ir al gimnasio. El problema de las colas y las viandas de comida, par amí, había quedado atrás. Ahora podía comer en casa, con dos agendas abiertas, para organizarle la vida a dos seres que tenían 20 años de casados y más de 10 sin verse en planes personales. La vida me sonreía.

El fin de todo se produjo un día sin lluvia. Un día que no esperas que pase nada malo. Un día en el que anoté en la agenda errada, la reunión inexistente y en la agenda existente un hueco enorme para ir al gimnasio. Un cliente se quedó media hora sentado en un restaurante esperando a un cliente al que llamó finalmente y supo que no iba a venir porque no habían quedado en verse ese día sino el mismo de la semana siguiente... y el otro estaba dándose un masaje cuando lo llamó fúrico un cliente muy importante que tenía 45 minutos esperándolo y él había decidido darse un masaje después de más de una hora de entrenamiento...

Allí me dí cuenta de que mi asistente había anotado mal las cosas, que a mí se me había desbordado el trabajo, que me había convertido en una gurú que iba a la televisión y me solicitaban para talleres, tenía clientes en todo el país y no tenía tiempo ni para hacerme la manicura yo misma. El colmo del chic era la solución a mi falta de cuidado personal femenino más notorio: me ponía guantes para que no se notaran mis uñas recortadas, mal cortadas, ni mis manos resecas como papel estrujado. Todo el mundo elogiaba mi estilo refinadísimo al vestir sin saber que yo buscaba esconder la falta de tiempo en mis atenciones personales.

Decidí atacar de frente, sin rodeos y sin escrúpulos: aumenté la tarifa de mis servicios, prescindí de algunos clientes, no necesariamente los que tendrían menos notoriedad social, sino los que me "vibraban" menos, despaché a mi asistente y me preparé para lo peor.

Tenía tiempo para mis 10 horas de trabajo diario al que estaba habituada. Todo lo hacía yo. No tenía que responder por errores que no hubiera causado yo. Iba a hacer mis compras de comida una vez por semana. Iba a la manicurista cada 15 días. A hacerme los pies una vez al mes. Salía con alguna amiga, por lo menos una vez por semana, comencé a redescubrir el bien que me hacía sacar a pasear a mi perro y 3 veces por semana iba para el gimnasio. Mis ingresos económicos disminuyeron, mi cotizada fama se hizo más notoria, mi estilo al vestir cambió para algo menos ostentoso y más relajado sin perder el toque glamour que me caracterizaba. Me volví la envidia de algunos, el objeto de deseo de otros y la próxima candidata a gurú personal de algunos más.

Bonita, rica, famosa y joven, muy joven. ¿Qué más se podía pedir?

Sí, eso, pareja. Pero tampoco me enfrasqué a pelear por eso: sola, en casa, no iba a ocnseguir hacer nada, así que tenía que "vender el producto", como había aprendido en la escuela de publicidad. Con un poco de dinero me compré un computador personal super portatil y me vestía como cualquier hijo de vecino. Cambiaba de café, de zona de la ciudad, pero no hábito: gracias a una conexión wi-fi, seguía trabajando mientras mi cara seguía en la vitrina de muchos pasantes de muchos cafés. Gente que iba a merendar por negocios, a conversar para cerrar acuerdos en citas programadas por una asesora personal divina y eficientísima que tenían y a la que era dificilísimo contratar porque era muy selectiva con sus clientes.

Con el tiempo, gracias a que mi computador era muy portátil, me hice frecuentadora de la vida nocturna y cultural. Esa información la utilizaba a favor de mis clientes, pero también para soláz personal. Mi vestimenta cambió y ya era "Bobo": Bohème-Bourgeoise". "Bohemia-burguesa", joven, bonita, simpática, con trabajo de horario medianamente flexible pero siempre practicable donde pudiera contar con una conexión internet y un enchufe para alimentar la computadora. Y sí, seguía siendo rica y famosa... menos rica que antes y más famosa que nunca.

Era exactamente todo lo que yo creía que podía interesar a cualquier candidato a ocupar un sitial interesante en mi corazón.

Pero las cosas no salen como uno lo planifica y tras tres fracasos amorosos, y un desequilibrio emocional en dos oportunidades, llegué a la conclusión de que no tenía tiempo para un novio en mi ocupada, linda pero bien estructurada agenda.

A veces, hasta el mejor gurú, falla en sus consejos. A veces, en medio de la mejor organización, olvidamos el espacio para el caos. A veces, el maestro se convierte en discípulo. A veces, sólo a veces, las mejores cosas de la vida nos pasan por el lado, nos desorganizan el orden, nos revuelven la calma y pueden valer o no la pena enfrentarlas...

... el resultado siempre se escapa de nuestras manos y debemos prever cambios en las agendas personales para hacerles frente.

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