23 abr. 2009

Diez minutos

Nos bastan diez minutos en la vida para ser felices. Si nos lo pensamos bien, nos bastan diez minutos para pasar de la oscuridad a la luz:

En no más de diez minutos, una madre gestante logra sacar del canal de parto al hijo que ya se dispone a salir al mundo.

En no más de diez minutos se calma, tomando en brazos, a cualquier niño con un raspón en la rodilla o un chichón en la cabeza.

En no más de diez minutos se puede ir al cielo y morir por un instante a merced de un orgasmo.

En no más de diez minutos logramos apreciar el bouquet y el vestido de un vino.

En no más de diez minutos se puede constatar el milagro que representa el canto de los sapos luego de la lluvia.

Nos bastan diez minutos para apreciar, comprender, sentir, oler y captar la mayoría de las maravillas. Diez minutos o menos.

Y nos bastan diez minutos para entender la grandeza del amor. Para sentir su calidez en nuestras manos. Para sentir su fuerza en nuestro pecho. Para saborear la dulzura de su ternura. Para ver la magia de sus sonrisas. Para tocar la grandeza de su sabiduría...

Diez condenados minutos. Y siempre estamos pensando en que estamos demasiado gastados, demasiado heridos, demasiado "triturados" por el pasado, por los amores pasados, por las experiencias pasadas...

... ¿qué tanto nos puede costar abrir las alas y dejarnos llevar por el viento, sentir el sol en toda la extensión de nuestro cuerpo y vibrar con el aire golpeándonos en la cara mientras nos dejamos caer y planeamos en ese cielo azul, brillante y refulgente que nos regala el amor?

Nos bastaría con borrarnos todos nuestros prejuicios, todos nuestros clichés del mundo y de nosotros, todos los miedos a dañar al otro y a nosotros mismos, todas las hipótesis fatalistas o deterministas y, quizás, también la lógica.

Sí, es fregado, lo sé. Más que fregado, es jodido a secas. Pero no es imposible. Me niego a creer que sea imposible...

...me niego a creer que me sea imposible. Porque al fin y al cabo, estoy en este plano, en esta vida, en este mundo no por la voluntad divina de sufrir, sino por la voluntad divina de disfrutar. Disfrutar de todo: lo bueno que me acaricia y me acuna y lo malo que me hace sentirme en mi piel y apreciar las dulzuras de los tiempos mejores que estuvieron y que han de volver.

Por esos diez minutos valen la pena las cicatrices y los chichones del pasado. Y por esas cicatrices y chichones del pasado es que nos merecemos esos diez minutos de felicidad, de absoluta libertad, de amor irrestricto.

Diez minutos... que quizás nos bastarán para decir que lo hemos leído todo, que lo hemos entendido todo.

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