9 jun. 2011

El cura y el abad

De paseo por la vida, no me resulta extraño encontrarme con gente a la que, por alguna razón, les da por contarme sus vidas. Y se da el caso que, si ando con mi mamá, ¡se instalan a contarnos hasta las de la familia!

No siempre es gente conocida. Muy lejos de ello: la cajera en el banco, el mesonero del restaurante, la vendedora en la perfumería, el dependiente de la tienda de caballeros, el que a la parada del autobús se arrima... pónganle cualquier contexto (las salas de espera del banco, el dentista y el acupunturista!) y tendrán una linda imagen de nuestra incredulidad.

Sí, incredulidad, porque nosotras no sabemos de dónde procede ese afán por revelarnos las secretas y maravillosas vidas de otro ser "común y corriente" como parecen ser todos los que podemos calificar como "hijo de vecino". A veces son vidas de aventura, otras dignas de ser calificadas de grises, pero todas son maravillosas. Y, especialmente, secretas.

Lo otro es que debemos tener cara de cura confesor y abad sabio porque no suelen ser angustias existenciales, o de peso medio en la vida de nadie, las que vienen a contarnos. Sé que así serían los comentarios que escucharíamos si nos creyeran psiquiatras o psicólogos. Pero no, casi nunca son dudas sino reafirmaciones de sus conductas, confirmación de haber procedido correctamente, comentarios ingenuos basados en buenas intenciones o, incluso, procederes tradicionales y no siempre errados, pero tampoco acertados.

En estos días, justamente, estábamos almorzando juntas. Y el chico que atiende las mesas (pero no el mesonero), se instaló a darnos una recomendación del menú que terminó siendo un cuento de su infancia, de cuando acompañaba a su papá, residenciado en la provincia rural venezolana hace más de 20 años, a visitar a algún amigo que con almuerzos o "regalos" le pagaba los servicios de electricidad prestados. Y nos contaba sobre las fabulosas curiosidades que, por acompañar a su papá, le tocó probar. En este cuento en cuestión, nos hablaba de la carne de culebra.

Juro que la conversa no duró ni 5 minutos. De recomendarnos éste y no aquel plato, saltó casi directamente al tema porque él defendió su recomendación alimenticia previa (sin que nadie lo criticara o arrugara la cara) con un: "es que la gente piensa que este plato es exótico o sabe mal, pero uno no debería hacer juicios de nada ni nadie sin conocerlo primero..." y con eso se instaló a contarnos lo que ya yo antes narraba.

Queda de más decir que, además del pedacito de sabiduria propia que, aunque no ignorábamos, nunca cae mal refrescarla, me dejó la rotunda certeza de tener, junto com mi mamá, cara de gentes amables, discretas, con algún tipo de sapiencia que de algún lado nos viene y, sobre todo, una sincera disposición de escucha....

... como es le ideal de todo buen abad o cura!

1 comentario:

3rn3st0 dijo...

No recuerdo que me haya ocurrido a mi, no con extraños, pero mis amigos si que me usan como un Freud personal y criollo.

Creo que es empatía lo que hay entre ambas y el resto del universo.

¡Saludos! :-)