7 may. 2010

La camisa gris

Siempre creí que era por culpa de la camisa gris. Que cada vez que me la ponía, lloraba. Cosas de mala suerte, cosas de esas que sólo pasan en los cuentos de hadas y con la camisa gris.

Luego le achaqué la mala suerte a la chaqueta azul. Debía ser esa condenada chaquetita que se llevaba con ella mi suerte y la abrigaba en el perchero hasta que me iba de allí. Luego culpé a los zapatos rojos. Y las medias verdes que me parecían horribles pero quedaban hermosas con mi camisola verde con bordaditos azules.

Pero, con el tiempo, me dí cuenta que no era asunto de suerte. Ni de la ropa que usara. Rigoberto me lo dijo al oido un día, mientras lloraba yo otra vez: "es este sitio, no es cosa de suerte, es porque estamos aquí que terminamos llorando".

Claro, a Rigoberto no le hice caso inmediatamente. Una no puede hacerle caso así, a la ligera, a todo lo que oye, en boca de todo el mundo. Y tenía que tener alguna base sólida antes de parecer desquiciada que afirmaba que su oso de peluche decía tal o cual cosa. Puse a evaluación su teoría y allí me dí cuenta que él tenía razón. No podía ser por nada más sino porque estábamos allí. Precisamente allí. Precisamente porque era el sitio de ella. Mi abuela.

Esa mujer que yo había conocido como mi abuela, no podía ser la cosa más anti-abuela que uno se imaginara porque la imaginación mía era tan fértil entonces como son mis sueños de trabajar haciendo algo que me guste mucho, y por lo que encima me paguen una fortuna, ahora. Pero sí, mi abuela era un ser absolutamente anti-abuela.

Abigarrada, excesivamente perfumada, con rizos castaños prendidos con ganchitos casi invisibles para formar bucles perfectos, de sempiternas perlas, uñas largas de colores metalizados pálidos, cigarrillo con boquilla larga, zarcillos pequeñitos, con prendedores que sostenían recuerdos y no pañuelos, de pantalones hechos por ella misma "porque ninguno me ajusta bien" y que siempre terminaba ajustando con elásticas y alfileres a la cintura, mi abuela era un personaje kitsch. Seguramente ha de habérmelo parecido así en la época porque aún la recuerdo así. Y pellizcándome los regordetes cachetes que ostentaba entonces mientras exclamaba con su fétido aliento que ondeaba volutas de humo blanquecino hediondo a tabaco y trementina "¡Mira que cachetotes más grandes tienes! ¡A juego con tus ojos enormes! ¡Y cómo has crecidoooooo!"

De sus miles de manías recuerdo la de salir de la cama, lavarse la cara y, como autómata, empolvarse el rostro, marcarse los rizos a punta de ganchitos y, finalmente, bañarse del perfume que se rociaba con su bombonita manual. Siempre. Aunque sólo fuera para estar en casa. Amén de dejar la cartera en la misma silla del comedor. Y de ordenar, casi compulsivamente, sus lanas en la cestita de labores. Sin olvidar, tampoco, su colección de zapatos.

Pisar su casa era sinónimo de llantos para mí. Se nos vedaba el uso del balcón por riesgo a caernos del octavo piso, así como el sofá y las poltronas de la sala por ser de semicuero blanco y encontrarnos, mi hermana y yo, "sucias". Esa era la palabra para definirnos.

Tras pellizcarme los cachetes, solía despeinarme. Molesta, comenzaba a querer escaparme y empezaban los regaños: "no hagas así que me vas a rayar el parquet. Quítate los zapatos si vas a caminar por la casa. Será mejor que te sientes en esta silla. No, en el juego de sala no porque estás sucia de vaya Dios a saber qué te habrás tropezado por la vida. Deja eso. Sácata las manos de los bolsillos, las niñas lindas no esconden las manos. No, no me importa si traes juguetes en los bolsillos, allí no metes las manos en mi casa y punto. Déjate el cabello, no te sabes peinar. ¡Yo no te despeiné! ¡Deja de quejarte y no te toques más el cabello! No te sientes así, junta las piernas. No, no así, juntitas. No es mi problema si te duelen, deben quedar juntas en mi casa o te hago plantón en la mesa del comedor para que aprendas a mantenerte de pie y derechita con las piernas juntas. No me toques el cenicero que me lo vas a quebrar..."

Eran horas de gran tensión. Fueran dos o cinco, eran horas de gran tensión. Mi madre tampoco disfrutaba de los reclamos que le hacía a su vez su madre. Todos relativos a nuestra falta de educación, falta de modales, falta de maneras, faltas, todas faltas. Pero no ir a su casa era exponer a mi madre al quejumbroso chantaje emocional al que la sometía por teléfono porque no le llevaba a las nietas de visita y no la visitaba. Desde un manido "es que ya no valgo nada para tí" hasta cualquier otra ridiculez impertinente del estilo.

Solía llorar a moco suelto cada vez que me colmaba los nervios y la escuchaba decir frases elogiosas de la manera en que se comportaba su perrito faldero, el caniche blanco que meneaba su cola cada vez que ella le hablaba y al que trataba con más amor que a nosotras, sus nietas.

Mientras, cada vez más fuerte me abrazaba Rigoberto que, con su afelpada voz, me decía que me quedara tranquila pues todo terminaría, que todo era pasajero. Y que no era asunto de mi camisa gris, sino del sitio en que estábamos.

2 comentarios:

marichuy dijo...

Miss Lulú

Seguramente no es a causa de tal o cual camisa o sitio; quizá sea cosa de uno y eso que creemos recurrencia de la "mala suerte" o de momentos ingratos, ni siguiera tenga "razón de ser" en elementos ajenos a nosotros. Tal vez sólo se deba a nuestra ansiedad, a nuestro deseo por "quedar bien" y que la abuela no note nuestras "poco refinadas" maneras, nuestros cabellos mal peinados, etc.

Pero pese a todo, yo sí creo que ciertos objetos y lugares, quizá porque absorbieron las malas vibras de muchos (incluidas las nuestras), traen alguito de mal fario.

Un abrazo

Yo NO SOY Cindy Crawford!! dijo...

A veces me dan ganas de llorar recordar las parecidas cosas que me hacía mi abuela.

A mí mamá la hizo llorar una vez. Me trataba de tal forma que parecía sentir el más grande de los desprecios hacia mí.

Hoy, ya grande y sin mi mamá, me doy cuenta que no era yo, ni mi madre y la educación que me dio, sino ella.

Veo como trata a mis primas de igual manera:
"No las quiero a ninguna! no las quiero por gritonas! porque las chiquitas no juegan en la cama!".

A Dios gracias que ya no estoy en ese lugar.
Maldita despiadada.