4 nov. 2009

Que nos veamos. Que quieres saber de mí.
Que no sé por qué, luego de un año, podría interesarte saber de mí.
Si no te importó el primer semestre, menos al segundo.
Y menos al tercero.
y menos al cuarto.
Y así, diluyéndome en la consciencia.
En tu consciencia.
Digo yo, así debería ser.

Así, exactamente como se diluye el humo de una taza humeante de café. Así como se disuelven las tristezas y uno se siente más vital y amado luego de beber el contenido de la humeante taza. Sobre todo si es una gran taza.

Pero parece que me equivoqué.
Contigo, otra vez, me equivoqué.
Ahora te dió por verme.

Sospecho que será para saber qué tan bien me las arreglo sin tí.
Con mis sospechas, las mías propias, no me equivoco.
Y como a mí me costó una conversación ectoplasmática el quedarme en paz, podría ser que por pura caridad, sabiendo que no tienes esas facultades en tu haber, te conceda el vernos... para que te quedes en paz.
En paz contigo mismo.

Sí, porque sospecho que la culpa te horada la cabeza y el sueño.

Así que veámonos. Pero para calma tuya.
A mí, realmente, me emociona tanto como si fuera a comprar una escoba nueva.
Creo que una escoba me emociona más. Me hace pensar en limpiar mi casita, en poder acostarme en el piso a oir música con mi gato al lado, haciéndole cariñitos.

Sí, creo que comprar una escoba me emociona más que verte otra vez.
No sé con qué compararte. Hasta una lechuga me emociona más porque me la imagino con la vinagretita y dispuesta en una rica ensalada y me sonrío.

Tú no me produces sino preguntas. Interrogantes. Y una ceja subida.

Así que sí. Veámonos de nuevo.
Para paz tuya y satisfacción de mi curiosidad.

Porque todavía creo que no me produces sino sospechas sobre tu paz nocturna y tu tensísima calma.

Veámonos, para que me expliques qué tienes que decirme.
Para que, cara a cara, me justifiques la razón del encuentro.
Para que, sin ambages, me digas qué tan arrogante eres.

Veámonos.

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