14 ago. 2009

El hombre-bestia

Se lo veía caminar por montes y sabanas durante el día. La gente decía que los sobrevolaba de noche. Algunos hablaban de un hombre sagrado, otros de un hombre bestia que a veces era un murciélago y a veces un lobo solitario.

De buena estatura y poco peso, comía las frutas que los árboles le regalaban. Las paladeaba con fruición y las agradecía, con un toque de su mano áspera, en el tronco del generoso ser que le había obsequiado parte de lo que sería su alimento del día. A veces cazaba animalitos pequeños, presas de poca carne o fácil consumo. No se sabía su origen ni su destino. Y cada noche se sentaba en una piedra distinta a contemplar la aldea y la luna desde otro ángulo.

A veces permanecía épocas enteras sin aparecer. No se le veía en los maizales ni en las quebradas. No lo sentían los niños al jugar en los riachuelos ni en las sabanas. ¿Era muy esquivo? ¿O se habría mudado para otro pueblo? Era dificil de saber. Era como el viento y como las mareas: libre de ir a donde quisiera pero con un patrón marcado. Con el tiempo, los niños se hicieron hombres y, como sus padres y abuelos, aprendieron el ritmo de las mareas, el paso de las estaciones, el uso de la luz del sol según la época del año... y también aprendieron el paso de ese hombre bestia que era mitad inmortal, mitad fantasma, mitad sabio, mitad loco.

Y los hijos de los hijos de aquellos primeros hombres, sabían cosas de él. Muchas cosas. Que jugaba a que los rayos de la luna le acariciaran la punta del ala en sus vuelos nocturnos de su vida de murciélago. Que su quejido hondo y penetrante como lobo lograba hacer que todo el bosque y las aldeas cercanas se quedaran en un breve sopor que no era de miedo sino de profundo respeto y admiración. Y que prefería la compañía de la naturaleza a la humana pues a nadie, jamás antes, se le había acercado.

También sabían que no era loco, sino un sabio que a veces subía a la montaña y otras bajaba al río, haciéndolo crecer, desbordarse y anegar las tierras cercanas, fertilizándolas. Y que a veces, gracias a su divino conocimiento de la naturaleza, hablaba con los lobos en su mismo idioma y les aconsejaba alejarse de los rebaños y niños de los aldeanos. Así como solía unirse al vuelo nocturno de los murciélagos sólo para seducir a las estrellas y alegrar a los dioses.

Era tanto el respeto que le profesaban que era ritual dejarle con la hija mayor de cada aldeano una fruta al alba, antes de salir a pastorear. Y con el hijo mayor, un trozo pequeño de carne tras volver de cazar. Era una muestra de agradecimiento casi simbólica por todo el bien que él les proveía.

Pero un día, el hombre bestia no volvió más. Se le vió caminando dándole la espalda a la luna. Caminaba a trancos, a veces corría. Y al huir, decía, gritaba que toda la sabiduría del mundo y las muchas tribus era la misma y estaba resumida en las estrellas, las nubes, los montes y los ríos, las costas y los mares. Y como sólo le faltaba conocer el mar, iba a buscarlo, iba a conocerlo.

Los nietos de aquellos hijos cuentan que el mar lo abrazó dulcemente una noche y sigue caminando por los arrecifes y las costas, contemplando las mantarayas y hablando con los tiburones. Son ahora los pescadores de otras aldeas los que le rinden tributo y le agradecen el orden de las cosas...

2 comentarios:

Vienna dijo...

Los mitos siempre nos explican individual y colectivamente. Me gusta tu sentido de 'pertenecer'.

Lulu dijo...

Los cuentos nos liberan, nos contienen, nos salvan y nos enseñan. Los mitos, leyendas y cuentos no son más que un compendio de sabiduría para enfrentar y entender cosas que nos asustan... Es muy cierta tu reflexión en ese sentido: nos explican.

Es curioso... no lo había visto así, pero creo que sí podría hablarse de un rasgo de "pertenencia" en el texto... todos pertenecemos a nuestras más íntimas verdades, nuestras propias certezas y nuestros hallazgos en esas búsquedas personales que todos tenemos...

Gracias por leer más allá de mi escribir! ;)

Pero tienes razón, pareciera que