29 abr. 2009

El modelo de Boticelli...

Una mirada tímida, casi angustiada. Una personalidad obsesiva. De sus manos delgadas y sus brazos esculpidos entre las venas, se desprendía una gracia particular que lo hacía parecer especialmente cuidadoso con todo lo que tocaba.

Espigado, de una contextura apenas expresada, se erguía con cierta ansiedad: era tímido hasta para aceptar su estatura. De cejas gruesas y melena a media espalda, sus bucles marrones se oponían abiertamente a la espesura de sus largas pestañas rizadas y todo él era un desafío a la modernidad: era un hombre de los que pintaría Boticelli en sus retratos.

Ella era menuda de formas, de altura importante, de escasos silencios. De manos elegantes que hablaban más que ella, de gestos nerviosos y miradas fugaces pero atrevidas. Era una compulsa de grandes logros y ansiedad desmesurada.

Una cabellera revuelta, indomable y lacia que se autoproclamaba como centro de su rostro, se veía forzada a competir con la impudicia y el tamaño de su nariz y labios, contrapesos naturales para sus ojos como claro de luna. Toda ella parecía sacada de un cuadro de Chagall pero con el refinamiento de las damas de Klimt.

Y a pesar de sus disparidades, estaban destinados a terminar mezclados en la paleta de las pasiones. Eran encuentros que ella iniciaba y él perpetuaba pues nunca estaba convencido de haber agotado todas las posibles caricias prodigables a sus senos, o su espalda, o sus muslos, o su cintura. Las vagas protestas de ella, que quedaban aplacadas por sus propios suspiros, resoplidos o quejidos, hacían que él continuara aprendiendo, planteando hipótesis y confirmando teorías amatorias que ella, con picardía, consentía y hasta promovía.

Al final, cuando todo se calmaba en el lienzo de su cama, él solía hacerla quedar boca arriba luego de hacerla girar olisqueándole el contorno de la cintura. Entonces, suavemente, acostaba su rostro en el vientre de ella. Sus rizos cafés se desparramaban así sobre la blanca extensión del vientre y los muslos de ella, y en un gesto de ternura infinita, ella jugaba por horas o minutos (lo que sea que pasara como tiempo) con sus cabellos.

El ritual, sin embargo, la hacía preguntarse qué fetiche sería el que lo impulsaba a pedirle que se quedara así. Y una vez, sin más, se lo preguntó. A lo que él sólo respondió:

"Aquí, y sólo aquí, encuentro paz"...

Gracias por el recuerdo... D, aún O

2 comentarios:

Potter dijo...

Virgen de Coromoto!

Que espectaulo, que maravilla.
Me encantó el lugar que apacigua a semejante obra de arte ambulante!

Querida, te quedo fabuloso...¿d, aún O? esos mensajes cifrados!

=S

Un abrazo

Lulu dijo...

Mi querido... cómo me he reido con tu exclamación! jajajajajaaja...

Gracias por el elogio, qué lindo tu comentario! Y sí, qué sitio, no? El tipo es, por decir lo menos, original!

Oh! Y el mensaje cifrado... si quieres te cuento, pero por e-mail. Lo qu epasa es qu ela vida está hecha de complicidades y contigo tengo un mundo y con D, hasta ahora O, tengo otras...

Un abrazote!! :D