10 feb. 2009

El martir

Bajo el árbol de largas espinas y corta estatura se sumergía en un sueño infinito de gran envergadura. Solía decirse que no se repetiría, que la vida había sido generosa con ella y que la suerte la había acompañado sin duda alguna. Y sin embargo, lo había repetido...

¿En qué cabeza cabía semejante obstinación y desatino? En la de ella, claro...

Sus manos, vacías, estaban llenas de una ausencia de perdón. Vacías del roce de las manos de él, llenas de la falta de perdón de ella, ¡qué ironía! Tras tantos meses de luchar, insistir, levantarse, reparar su corazón roto y sanar sus heridas, se encontraba allí, bajo ese arbolito que la acompañara visualmente cada mañana mientras esperaba el autobus. Mientras planeaba su golpe final... mientras escapaba a su instinto homicida.

¡Qué desesperación! ¿A quién recurrir? Sólo ahora se daba cuenta de lo que había hecho... y lo inconfesable que resultaba... y las consecuencias que le traería... Y lo poco que deseaba cargar con todo ese peso encima...

Por eso resolvió rápidamente ir al puente del pueblo cercano y desde allí se arrojó al agua.

Al día siguiente, la prensa titulaba "Nuera del alcalde mata a su esposo por celos y se suicida en El Tajo".

Todo un pueblito había quedado sumido en el sombrío marasmo de la culpa no asumida, en el chismorreo profesional y las cavilaciones futiles que apuntaban a encontrar una explicación a semejante acto "incivilizado" como lo dió en llamar el alcalde... sin que nadie quisiera realmente encontrar solución a este asertijo.

Para ser francos, el alcalde era el único a quien la noticia no espantó sino, mas bien, espoleó. Según él, era conveniente tener una noticia así pues, en estas condiciones, salir a la luz pública de esa forma era vergonzoso, aunque estimulante: sólo una cosa tan horrible daba de qué hablar de un pueblito que, en circunstancias normales, era tan correcto y tan pulcro que no resultaba noticia para ningún periódico de la provincia. Sus conciudadanos lo miraban con respeto y lo sentían un lider. Para él, las adversidades eran alimento. ¡Qué ejemplo admirable!

Luego de hojear el titular y leer la descripción detallada del crimen pasional, el alcalde apoyó de nuevo su taza de café en la mesa y miró por la ventana de su oficina hacia afuera, hacia la plaza, sonreido de su eficiente gestión. Veía un par de niños que iban a la escuela tomados de la mano por su hermano mayor. Su hijo, por quien ahora lloraba una lágrima, había sido el mejor martir que tuviera nunca el pueblo o la provincia... su vida había sido el mejor sacrificio para probar que en el reino de su padre todo marchaba a la perfección. Y esa nuera que él tanto había odiado había sido la mejor de todas las nueras que padre alguno hubiera podido querer: le había quitado de encima el peso de saber que su progenitura nunca daría la talla al comparárselo con su progenitor.

En un gesto casi de descuido, tomo una de las tantas cartas de condolencias que se apilaban sobre su escritorio y se dispuso a abrirla... una más de las tantas cartas que continuaban llegando desde hace dos días. Una más de las tantas expresiones de dolor que no entendían su profunda satisfacción...

... Y atribulado por la incomprensión, para evitar ser desplazado por su futuro rival político en las venideras campañas electorales de finales de octubre, abrió la gaveta izquierda de su escritorio, sacó la pistola que allí guardaba "en caso de..." y sin ningún temblor en el pulso apuntó firmemente al cerebelo, estabilizando el tiro lo mejor que pudo con los codos contra la mesa, la cabeza apoyada sobre unos libros (los de su gestión, ¡qué fino y épico detalle, Sr. Alcalde!") y su mirada fija hacia la puerta.

Tras el estallido seco, ahogado por la sangre y cauterizado por la pólvora que explotó al inocularse, el cerebelo del alcalde colapsó. La secretaria entró alarmada creyendo que era un problema eléctrico y salió corriendo del despacho de su jefe dando alaridos de espanto. La policía llegó 10 minutos después. La alcaldía se convirtió en un rebulicio y los forenses hicieron parecer aséptico todo el reguero de sangre.

Y yo, su corazón, soy el único testigo de todo el crimen y el dolor. Pero a mí, claro, nadie me tomó declaración. Al fin y al cabo, el alcalde ya no podía hablar... y nadie suele escuchar a un corazón.

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