19 feb. 2009

El hombre sabueso

Frente a los perros, se comportaba de maneras extrañas. Nadie podría decir que era normal ni que era exactamente loco. Al ver la reacción del animal, siempre se llegaba a la conclusión de que los perros empatizaban de inmediato con él. El solía explicar su conocimiento sobre los perros y sus muchos comportamientos porque él mismo había sido perro.

Ante la chanza pública que de inmediato surgía al revelar sus improbables orígenes caninos, aquel hombre delgado, como hecho de fibras anudadas en los calderos de los dioses, decía que él mismo no lo había creído hasta que una prueba científica le había revelado un resquicio de su vida anterior.

En ese momento de la narración, siempre solían cesar las chanzas y empezaban las exclamaciones de desconfianza. "Nah! mentiroso... lo haces para ver si caigo". "No... esas mentiras no me las creo...". "Sí, claro, cómo no. Y seguro yo soy pariente de Cenicienta, no?" Imperturbable, conocedor de su historia, el hombre permanecía tranquilo, impávido. Sus ojos de indio, fijos en su interlocutor, se hacían más oscuros y más pequeños. Su boca se tornaba sonriente. Su porte, gallardo, seguía impávido. Y el silencio iba rodeando esa calma sonriente hasta hacerla demudar en un silencio atronador, un suspenso insostenible. Y entonces le preguntaban si era verdad lo que acababa de decirles.

"Nadie tiene toda la verdad consigo", era lo que solía decir entonces.

Ante la sorpresa general, solía aclarar que en un examen de rutina, durante una revisión médica para optar a un trabajo, el médico que le examinaba había quedado "muy sorprendido" al descubrir un hueso de forma inusual. La clavícula derecha de aquel hombre no era humana: tenía forma y contextura canina.

En ese momento, solían volver a surgir las chanzas de incredulidad. El, simplemente preguntaba si alguien se ofrecía como conejillo de indias para palpar el hueso. Todo el mundo guardaba silencio. El repetía la pregunta. Alguien se ofrecía, en el límite de la incredulidad, a tocar, casi con asco, el hueso en cuestión.

Al ver la mano trémula acercarse al hueso, solía pedirle que primero palpara su propio hueso, la clavícula. Luego de palparla bien, de creer estar seguro de conocerla, le permitía tocar la suya. Y entonces se hacía un silencio sepulcral y el voluntario acercaba su mano, firme y resuelta, a la clavícula del indio.

Y al comenzar a palparla, de abajo hacia arriba, casi creyendo reconocer la diferencia, el indio le tiraba un mordisco a la mano incauta que recorría y oprimía la clavícula derecha de su fibrosa humanidad, a lo que el asustado voluntario reaccionaba con un gesto de susto y algunos gritos mientras el indio se reía a carcajadas.

Otra vez se había vuelto a imponer su sabia malicia para hacer una chanza al incauto populacho.

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