3 ene. 2009

Imposible

Era la tarde del tercer día juntos. Ella había ido entonces a llevarle una tarjeta de navidad y fin de año y él había conseguido convencerla de no dejarlo más. Yacían en el asiento trasero del carro de ella 2 botellas de vino junto con dos tarjetas más que debía haber entregado hacía 3 días, justo después de llevarle a Darío la suya.

Pero fue imposible.

Esa mañana borrascosa, se despertó Darío con el golpeteo de la lluvia en la ventana. Afuera el cielo estaba cerrado en nubes y abajo todo era un manto blanco, igual que la noche anterior. La calefacción seguía marcando un tierno calor fabricado y en su lecho, aún dormía la lujuria junto con ella. Bajó a prepararse una taza de café negro. En su reloj marcaban las 11.30 de la mañana. Comería luego, ahora mismo no tenía hambre.

Frente a la puerta de la cocina, en el blanco piso, se encontró un cabello rojizo. Prueba de lo que habían hecho anoche. ¿O la noche anterior? No fue la primera, del sofá no pasaron entonces. Se agachó y lo recogió. Siguió hacia la cocina para encender la estufa. Se agachó para buscar la cafetera, la llenó de café molido luego de haberle puesto agua en el depósito concebido para ello. Cerro la cafetera y la montó en la estufa. Cruzó los brazos satisfecho, pensando en cocinar aunque sólo fuera para llevarle a ella el desayuno a la cama. Sonriéndose al pensar en el rostro de ella, se colocó al lado de la cocina para vigilar de cerca la cafetera y le dió un fuerte dolor de cabeza. Cayó al piso y el mundo se le puso negro.

El olor a café la despertó. Salió de entre las sábanas esperando que Dario le llevara el desayuno. Le pareció más divertido sorprenderlo abajo, mientras se ocupaba de arreglar el desayuno para llevárselo a la cama. Saltó a coger la bata de paño y con cuidado de no hacer ruido, bajó por las escaleras. En puntillas y con las pantuflas de Darío puestas, entró a la cocina para volver a besarlo con ternura y lujuria, sin medida, hasta que se convenciera de que le hiciera de nuevo el amor.

Pero fue imposible.

El vecindario entero corrió las cortinas de encaje de sus ventanas y se dedicó a observar los ires y venires de la ambulancia y la policia, la cara desencajada de ella y la bata de paño azul.

Habría sido útil ser esquizoide para evitar el dolor y refugiarse en otro sitio, incluso dentro de sí misma, para guarecerse de la lluvia inclemente de preguntas sobre la muerte repentina del hombre que amaba. Hacerse pequeña para llorar al abrigo de los rosales en el jardin. Ser dueña del tiempo y adelantar el reloj hasta dentro de muchos días, porque esa tarde o esa noche ya le parecían infinitamente pequeñas y ensordecedoramente atormentantes. Habría sido útil dejar de llorar y darle paso al sueño para dejar de pensar en Darío y sus manos tiernas que horas antes la sujetaban con pasión y la recorrían entera mientras sus labios se encontraban.

Pero fue imposible.

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