24 abr. 2008

Saludo al sol

El señorito bigotudo que vive conmigo se ha desperezado y no encuentra mejor cosa que hacer que venir a despertarme.

Para ello, se me acerca lentamente, empieza a querer deslizarse debajo de mis mantas, recula, vuelve a avanzar, hace amago y vuelve a intentar.

Primero una mano, luego la otra, finalmente de la cintura hacia arriba. Apoya su cabeza contra mi pecho y se queda allí un rato. Luego decide meter el resto de su cuerpo, de la cintura para abajo, en mis mantas. Lo hace de un solo movimiento y yo, que estaba en la duermevela, acabo por medio despertarme.

El anda buscando calorcito porque yo, debajo de las mantas, parezco un calefactor con el termostato descompuesto: hiervo. Así, se acurruca y se acomoda junto a mí. Instintivamente lo acaricio: me fascina sentirlo en la punta de mis dedos.

Al rato, con la salida del sol, se despereza y sale de mis mantas a enfrentar el nuevo día. Lo primero que hará, ya lo sé, es sentarse a contemplar el desperezamiento del sol y ver los pajaritos volando en el cielo.

De un solo salto subirá a la mesita al lado de la ventana del cuarto y se sentará allí, haciendo a un lado la persiana con su cara, para contemplar al astro rey que todavia se revuelca entre sus sabanas de nubes.

Y yo, claro, lo contemplo a él. Porque todavía no sé qué hay de fascinante en contemplar al sol amodorrado desde sus amodorrados ojos gatunos, pero a mí él me ha hecho adquirir un lindísimo hábito que me llena de vida y de calma.

Así, cada mañana, saludo al sol con mi gato y veo, desde unos somnolientos ojos, los pájaros volar en esta ciudad de concreto y hormigón, de indolencia y abandono, de extremos y contrastes.

1 comentario:

azpeitia dijo...

Bellísima descripción, que induce al ingenuo equívoco en sus primeros párrafos...después con graciosa desenvoltura conviertes en protagonista, a ese èqueño tigre que es un gato...apúntate un diez como decían en mi colegio....azpeitia