6 sept. 2009

Espiral de papel

Ni brisa hacía. Era la décima vez, en una fracción infinita de dos cantos del canario, que salían olas por los poros de su piel. ¿Cuánto más habría de esperar? Moverse no era una opción. Pacientemente, de pie, esperaba un cambio en la dirección de su casa, siguiendo el viajer interplanetario de la tierra, a ver si alguna caridad celeste se compadecía de esos treinta y cuatro grados centígrados a la sombra. Colgó otra vez su hamaca y se dejó caer con cuidado: ni siquiera arrojarse era benéfico pues podía ponerse a sudar aún más.

Las sandalias habían dejado marcadas, con trazos de agua, sendos trazos en los pies del pobre infeliz que se preguntaba si el canario cantaba pidiéndole a los cielos un poco de agua o un viento caritativo. Cantar, por gusto, no parecía lógico en aquella torrencial tropicalidad. Cerró los ojos para secar los párpados. Aprovechó para hacer lo propio con la frnete.

Y no había agua. Una ducha, a cualquier temperatura, hubiera sido ideal para borrar las trazas de calor de su piel cobriza. Pero no era posible. Contando en números inexactos, eran más de día y medio sin una sola gota de agua. ya se le estaba acabando la reserva de líquido para beber, ya el agua que le quedaba en el tobo del baño era insuficiente para algo más que lavarse las manos... no era opción bañarse pues se quedaría seco del todo. Se quedó inmóvil, a pesar de las 3 gotas de aguas que iban paseando por el paso peatonal de su sien izquierda.

Por momentos, sentía que sus tripas se conmocionaban por el calor que hacía. ¿Habría comido algo que le hiciera daño? Con el calor que estaba haciendo, ¿el volcán de calor se habría mudado a su barriga? Era tan desagradable ese hincharse de sus tripas, apenas refrescadas por el baño interno de sangre que las recorría...

Era menester hacer algo para refrescarse. Era obligatorio huir de ese infierno. Decidió ir, contra todo pronóstico, a la casa de Vicenta, su madre, para ducharse hasta resolver el conflicto de temperatura de su piel. Las mareas de sus poros no hacían sino subir y bajar, no se cerraban las escotillas de achique de su piel: era menester hacer algo para aplacar la sed de sus cavernosas fantasías adultas que, por asuntos de la temperatura de esa mañana, hacían que su piel se confundiera con momentos más íntimos y básicos, obligándolo a pensar en si consolarse sería una opción sensata en medio de todo ese calor de septiembre.

Se calzó nuevamente las sandalias, se puso la camisa más fresca que consiguió. Se agarró del horcón de la entrada de la casa antes de contemplar el seco, caliente y casi infinito camino que lo separaba de su madre. Era cosa de un kilómetro bajo ese sol inclemente... pero la promesa de una ducha bien valía la pena el esfuerzo envertido. Volvería a su casa de noche, cuando refrescara todo. Cogió su atadito con una muda de ropa limpia y fresca y se dispuso a someterse a los rigores de ese verano inmisericorde.

Al principio sintió que lo golpeaba una mano invisible y muy caliente. Era un bofetón que le indignaba en toda la extensión del frente de su cuerpo y su cabeza. Las filtraciones que empezaron a notarse en su espalda, le revelaron que la caminata sería un asunto de resistencia espiritual más que de logro físico.

Las manos se le aflojaban por momentos, el sudor que de ellas emanaba, hacía que el atado quisiera resbalarse hacia el suelo. La camisa, así lo sintió, se le hizo una segunda piel, un encalado húmedo que le cubría parte del pecho y la espalda. Se olvidó de sí mismo y consideró, seriamente, devolverse a la frescura de su rancho. Pero luego su cabeza le devolvió la imagen de un si mismo fresco y cónsono con su sentido de pulcritud en todo loq ue hacía y poseía. Siguió andando.

El calor de la calle le seguía golpeando la cara, le arrancaba gotas primero, riachuelos luego, cascadas más tarde, que goteaban por su frente, su nariz, la parte superior de su labio, para ir a parar al piso sediento o a su camisa ya mojada. Sus piernas eran pequeños troncos bañados de un rocio que de él emanaba. A cada paso, la sensación de derrota se crecía y la deliciosa ducha lo motivaba más y más. No había guerra, no había conflicto: un estado sucedía al otro, sin cese, y ya su mente no consideraba ninguna de las dos opciones.

De repente comenzó a contemplar el piso sobre el que se apoyaba, la tierra que suavemente se amontonaba cada vez que su sandalia la restregaba, el peso de la guayaba que inclinaba la rama de la que pendía, el encalado desconchado de la casa por la que pasaba. Hasta que, sin darse cuenta, llegó a la casa de Doña Vicenta, como la llamaban en el pueblo.

Ella se sorprendió de verlo a esas horas. Bebía un té frío y le convidó un poco para que se refrescara. Hablaron de todo un poco, callaron más. El calor los obligaba a quedarse lo más quietos posible, incluyendo la respiración. La modorra se instaló en la casa y el sopor que sigue al mediodía hizo prevalecer el optimismo del sueño reparador. Tras dormir un rato en la hamaca del patio, luego de charlar con su madre, finalmente se duchó.

Lo había olvidado por la costumbre de la distancia: en casa de su madre la ducha poseía un terminar que era lo suficientemente generoso como para hacer que, de un golpe, sus cabellos quedaran empapados. El peso del agua se sentía caer y sus piernas tuvieron que empujarlo invisiblemente hacia arriba, apra contrarrestar la fuerza que pretendía enroscarlo sobre sí mismo, como una espiral de papel.

Sintió la suave caricia de la espuma del jabón corriendo por su humanidad a una velocidad vertiginosa. Se contagió del dinamismo de ese descarado chorro de agua que acompañaba a la gravedad a un ritmo trepidante. Se perdió en contemplaciones exactas sobre las agujetas que sentía primeramente en su espalda y que, de repente, se habían convertido en dedos masajeadores. El agua, ese maravilloso líquido que nos hace vivir, le acababa de devolver la sonrisa y la frescura.

Al salir de la ducha, el golpe de calor lo devolvió a la realidad de ese verano inclemente. Pero su cara era otra: ahora sabía de lo que era capaz por un anhelo, había aprendido a apreciar algo tan cotidiano que había pedido de vista, y se sentía dueño de un secreto muy personal: se había sentido una espiral de papel que resistió, incólume, la fuerza de las aguas. Una espiral de papel. Qué textura tan extraña para ser, luego de haber sido una montaña con mil cascadas de agua.

Ese día, por absurdo que hubiera sido, mereció la pena ser vivido.

4 comentarios:

Ana dijo...

si... cuando anhelas algo y lo logras a base de un gran esfuerzo... como lo disfrutas!
que bella comparación: una espiral de papel, asi somos de frágiles ante la inclemencias o cambios de la naturaleza ..,

un abrazo
=D

Lulu dijo...

Ana:
:D...
Un abrazo a tí! ;)

Gustavo Puntila dijo...

Ah querida Lulu! Que bonito vuelves una situación tan común y corriente como una ducha en un día veraniego! Me encantó cómo describes los lentos pasos y todos los sucesos hasta que encuentra la ducha de la madre.

Me dieron hasta ganas de bañarme en este frío gélido Bogotano y envolverme en una espiral de papel!

Un abrazo!

Lulu dijo...

Sr Gustavo:
Ay! Qué lindos, como siempre, sus comentarios! Lindos y elogiosos...

Y en bogotá parece que estamos como en el polo norte? Me ha dado ideas par aun nuevo textico... lo tengo en la "incubadora de ideas" a partir de ahora!

Le mando un abrazote enorme! :D