4 mar. 2009

Despeinada

Premura de lácteos. Esa podría ser la mejor definición para la señorita que se encontraba frente al mostrador del abasto. Alta, delgada, con porte europeo, de cabellos cortos disparejos y con algunos mechones rebeldes que se empeñaban en salir fuera del cuidado óvalo de su cabeza. Ahora observaba los quesos blandos, pero hace ratito estaba empeñada en saber más de los quesos grasos semi-madurados. Se apartaba algunos mechones más largos de su amplia frente y lucía un flequillo muy corto e irregular. Volvía a levantarse para interrogar al vendedor. Daba vueltas al mostrador buscando productos, preguntando precios, arreglando sus mechones rebeldes y luciendo una mirada tranquila con cabellos simplemente "au naturel": sin poses, simplemente como se levantaron de la almohada.

Volteo a mi izquierda porque algo me hace voltear. Una madre con su hija. Sigo esperando mi turno mientras el vendedor, que ya me saluda, continúa despachando a la chica con premura láctea de cabellos revueltos. Una vocecita menuda, a medio metro de mi persona, a un metro por debajo de mi nariz, me hace interrumpir todo pensamiento:

-"Mami, pero ella está despeinada".

Fue allí que reparé en el personaje que se había incorporado a la obra de teatro que tenía lugar frente a mis ojos: cabellos negros con blucles, recogidos en dos tirantes colitas a los lados de la cabeza. Frente enmarcada por dos ganchitos que le ataban firmemente los cabellos rebeldes fugitivos del control de las colitas. Flequillo pulcramente peinado y recogido a un lado. Camisa con dibujo de osito de peluche y mangas largas terminadas en un voladito de lechuga. Jeans rectos y zapatos deportivos de Barbie con lucecitas que se iluminaron al dar ella un paso hacia su mamá.

Sus ojos me enviaron directo a la madre. Casi de mi estatura, bajó su mirada castaña al encuentro de la de su hija. Cabellos largos de color negro recogidos en una cola de caballo. Vestía un uniforme impecable que me hizo pensar en alguna institución financiera. Una carpeta en su mano izquierda y una vianda que colgaba del mismo hombro. Levantó el rostro, sonrió a la señorita con premura de lácteos y volvió a bajar la mirada para continuar la conversa con el personaje de amplia curiosidad e incipiente caracter oposicionista al rígido control capilar impuesto como norma en casa:

-"¿Cuántas veces te he dicho que a la gente no se la señala con los dedos? Sí, ella está despeinada, pero a las niñas chiquitas, eso no les queda bien."

La sorpresa en sus pequeños ojos negros y el desconcierto general que la hizo permanecer inmóvil, aún en contra de la tendencia de la madre a llevarla halada por el brazo, me hizo pensar en muchas cosas pequeñas, tiernas y curiosas...

... era mi turno ante el mostrador y no podía sino sonreirme. El vendedor, también. Ambos la vimos marcharse con un nuevo dogma en su vida y un argumento más para rebatir en un futuro, cuando la razón le diera luces sobre cómo argumentar sus decisiones propias.

Y sus colitas se balanceaban, alegremente, al compás de sus inciertos pasos de niña de 4 ó 5 años.

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